lunes, 5 de marzo de 2018

Un día soleado

Un día soleado, de esos en que el cielo azul resplandece. Camino sola. Sin nubes. Lo aclaro como si tuviera una importancia en sí misma. Estoy conmigo. No sé tampoco si es la palabra soledad; en realidad creo que es la A, que me irrita. Lo digo porque no me intimida pero me siento impulsada a tener que aclararlo. Me siento a la defensiva.


Camino con un short, sí bien corto y qué, una musculosa que dejo entrever mi corpiño, también. Camino conversando el camino, reviso todo. Alguna calle cortada por alguna construcción me obliga desviarme. Semiperdida por donde pasar hago caso omiso sigo a la manada. Miro: son todos hombres. Pero continúo como si el prejuicio no me invadiera, me acomodo la mochila en la espalda. Adelante policías de todos los colores ayudaban a restituir el tránsito. Sentí un pellizco, en el ¡CULO! Giré la cabeza de inmediato. El uniformado de azul se reía y apoyaba su sucia mano en su chaleco protector. Lo miré hasta que me esquivó. Dejé que la manada pasara y la atravesé. Sobre una puerta, cuatro uniformados parados con mirada fija. Me dirigí a la mujer. “¿Lo vio?” Dije señalando hacia atrás, incluso sabiendo su respuesta. La mujer de gorra a penas me miró. “¿No pueden hacer nada?” le pregunté inútilmente, y de manera inocente. “No puedo hacer nada” me respondió con una sonrisa irónica. Casi sin pensar pregunté realmente de manera sincera con intenciones de obtener un conocimiento revelador: ¿Para qué están? Esperaba algo así como una definición de diccionario. Con seriedad me respondió de manera inquebrantable: “Para ayudar y restablecer el orden social” Y entonces, “¿Por qué no me ayudan?” “Porque no pasó nada” “¿O sea que van a esperar a que pase algo? ¿No se supone que están para prevenir?” Mientras, se alejaba con sus compañeros que apenas me dirigieron la mirada. Me dijo sin gritar. “Porque no pasó nada” y apoyaba sus manos sobre el chaleco protector.